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sábado, 19 de enero de 2008

Blanc de blancs (ii)

(Artículo publicado en El Confidente Digital.)

Pertenece a las antigüedades españolas el hablar del vino de San Martín, del vino de Peralta, del vino de Madrigal, ‘que quita todo mal’. Como potencia esforzadamente exportadora, España vendió al mundo ante todo los jereces, los vinos de Málaga y los de Alicante, con cuyos profundos fondillones, y bien aprovisionado de bizcochos, Luis XIV consoló sus días postreros*, todo un rey reducido a pueril glotonería. También en Tarragona, que hasta hace no tanto era la provincia vitícola más eminente, estibaban barcos, aunque en el caso del tinto catalán no hubo las transformaciones que hicieron el Madeira que hoy conocemos ni el East India que hoy apenas conocemos. Ahora vuelve el vino de Toro, que fue vino cortesano; Málaga resurge o por lo menos resiste, Alicante lo mismo: nada vuelve igual a como fue pero tampoco todo se repite como farsa.

Por seguir con San Martín de Valdeiglesias, pueblo castellano hasta que Madrid dejó de ser Castilla y comenzó a ser la suma de todos, cabe reseñar que sólo se hace por ahí un vino bueno, y esto con cierta irregularidad y con escasa difusión. Del otro lado, en Cebreros, aparte del Cumbres de Gredos de los mendigos más pudientes, también hay indicios halagüeños. En todo caso, el San Martín, como el vino de Madrigal, era blanco: y el San Martín no, pero el de Madrigal de las Altas Torres era canónicamente, exactamente, vino de Rueda.

Allí por la meseta donde corren parejos la NVI y los regatos marcados de álamos, allí donde se remansan y aceleran el Eresma y el Adaja, tenemos a un desvío esos nombres tan castellanos que casi suenan a oración: Madrigal, por supuesto, y también La Seca, Rueda, Nava del Rey, Olmedo, Medina del Campo, Bobadilla, Tordesillas, ¡vieja España! Vieja España tan conmovedora, España medular ahí en sus más íntimas habitaciones, en el hondón de Castilla. El turista o el despistado verán también el pueblo de Pollos, conocido sin embargo por sus quesos; pasará por Alaejos, citado su vino por Cervantes en no sé qué novela ejemplar y del que Quevedo dirá que abriga más que los tapices del rey de Francia: tapices que en esos días de Quevedo alcanzaban el punto de nieve de su fama.

El Rueda de entonces es lo que todavía se llama Dorado de Rueda, de cuya aceptación comercial da fe el hecho de que tan sólo una bodega –creo- lo elabora: y lo elabora según la bendita tradición de dejarlo al sol en damajuanas de cristal y seguramente con el palomino fino que se trajo de Jerez para hacer un vino que está, de alguna manera, entre los finos y el Jura sin tener esa gracia distintiva de ninguno. Durante un tiempo, el Dorado de Rueda se acogió a la plausible denominación de vino de la tierra de Medina. Fue el blanco de nuestro siglo de oro, el blanco elegante y no el popular: el hombre de las corralas no necesitaba ir a buscar su vino a Valdepeñas y ni siquiera a Méntrida o a Navalcarnero, por lo que mucho menos a Medina, tantas leguas más allá: había vides y bodegas en los términos de Getafe y Móstoles y Leganés, poblaciones por entonces sin connotaciones negativas y sin centros comerciales y de ocio.

Toda denominación de origen es un invento antiliberal que favorece a los mediocres pero, dicho el insulto, la DO Rueda acoge los lindones de las provincias de Valladolid, Segovia y Ávila. Los viticultores de Rueda han mostrado mucho dinamismo en estos últimos años, cosa que alegra en tanto que dinamismo y Valladolid no son palabras que suelan ir juntas. La mayor parte del viñedo y de las bodegas están en Valladolid: generalizando con motivo, puede y debe decirse que hay que preferir los vinos de la uva autóctona verdejo, aunque hay alguno estimable con un puñado de la riojana viura. En cuanto a los Ruedas de sauvignon blanc, no sé cómo se puede decir elegantemente que son un asco, así que tan sólo diré que son un error.

Cualquier buena persona que se acerque al estante de los Ruedas tenderá a considerar con familiaridad los de Marqués de Riscal, que en Rueda sólo tuvo el mérito del pionerismo y que desde entonces sólo ha sabido hacer las cosas mal: olvidémoslos, pues, y prefiramos los vinos de José Pariente o los Palacio de Bornos. Lo mejor de los vinos de Rueda es que han llegado a una regularidad en la fiabilidad, por lo que muchas marcas, año tras año, hacen pensar en un producto homogéneo, sin pretensión y sin aristas. Creo que los mencionados, aun así, ofrecen puntas de mayor excelencia, es decir, que son fáciles y de trago largo pero no faltos de nervio y concentración y tipicidad. En los mejores verdejos será característico –y muy elegante- un ultimísimo amargor en el paso por boca, un aroma herbáceo o –más exactamente- de campo de cereal, junto a frutas blancas con tendencia a la pera williams. Yo entiendo que el lenguaje disguste pero es que huele a eso cuando uno se pone a meditar con la nariz.

Mantengo una querencia por otros dos Ruedas, notablemente el Blanco Nieva y el Basa: me consta no ser el único, e incluso me consuela. El Blanco Nieva tiene la originalidad relativa de ser segoviano y ahí conviene probar el siempre excelente Pie Franco, que dará motivo de sugestión al pensamiento al imaginar un viñedo alto y escondido a donde no llegó la filoxera. El otro favorito, el Basa, tiene un puñado de viura y aun de sauvignon blanc, a pesar de lo cual es consistente año tras año, siendo de lo más sólido que hace el viticultor volante Telmo Rodríguez, hombre de experiencia y de audacia pero no siempre –Alicante, Valdeorras- de acierto: no por esto seré yo quien lo lapide.

El Rueda es vino menos ácido y menos lineal que los vinos del norte español, y en sus mejores versiones –Ossian, Belondrade y Lurton, Naia Des, y los fermentados en barrica de Bornos y Pariente- tendrá la concentración y la musculatura de los vinos casi grandes, y con un recorrido y volumen mayores que el Rueda fácil y fragante, higiénico, del aperitivo. Aun así, estos vinos de ambición pueden estar penalizados por un exceso de madera y, de cualquier forma, es preceptivo dejarlos reposar. En el vino, como en tantas otras cosas, lo importante es evitar la agitación.

En la Rioja, los blancos son una gloria menor.

Entre mis vinos favoritos está el rioja joven, cosechero, amoratado, fresco, báquico, abundante, barato, violento: un vino que nos lleva a ensueños de otras vidas más agrestes, o quizá sólo más anacreónticas, campestres como era el campo en los cuadros de Goya donde todos cantan y bailan y juegan o se recuestan; vino para el pic-nic ideal, con alguien que se lleve el libro de poemas de Meléndez Valdés. En fin, todo este entusiasmo viene a decir que en el cosechero riojano no suele faltar el racimo de uva blanca que aporta la experiencia para amansar el conjunto.

Los vinos blancos tradicionales en la Rioja eran los vinos de viura –aka macabeo-, y la uva viura es una uva inexpresiva, plana, de triste sobriedad. A veces se le echaba –y se le echa- algo de malvasía, para quitarle esa murria –pero la viura es un letargo del espíritu, en términos enófilos, y no hay nada que hacer. O casi nada.

Hoy, ciertamente, gente de mucho arrojo y corazón, e incluso con el idealismo de perder dinero por la causa, elabora vinos de calidad frontera en la sorpresa: el Plácet, por ejemplo, o ese caro Gallocanta que –tras la demanda del californiano EJ Gallo- pasó a llamarse Qué bonito cacareaba, con el más noble despecho. Ahí están Allende, Remelluri, el Abel Mendoza monovarietal de malvasía del que debí haber comprado dos y no una botella, porque con las cosas hay que asegurarse y no está de más el método científico en lo hedónico. Lo mejor que tienen estos vinos es que se hacen por amor a lo invisible, en tanto que su viabilidad comercial en el extranjero es difícil y en España es peregrino comprar un rioja blanco salvo por error de ignorancia. E incluso con todo el optimismo y la energía positiva que uno quiera ponerle, se hace difícil pensar que en la Rioja se vaya a hacer un blanco de envergadura mundial…o europea, o nacional. Salvo que hablemos de los blancos de Tondonia.

A uno pueden gustarle más o menos los blancos de Tondonia pero ya hay dificultad en negar su estatura mítica. Son vinos de conservadurismo acendrado, como todo lo de Tondonia, bodega todavía familiar y partidaria, digamos, del tiempo y de las telas de araña y de los cementerios de botellas donde se empiezan a oír voces a nada que uno haya comido legumbres más allá de lo que demanda la recta razón. Su última añada no sé si es la 87 y se encuentra todavía la 81; más difícil es encontrar la 64. Llevo bastante tiempo sin probarlos, desde que durante una temporada me diera el capricho o la emoción: lamento, por mi gran culpa, haber sucumbido a la oleada sin hondura de amor por estos vinos cuando son amables sin necesidad de que medien ligerezas de pasión.

Los tondonias blancos son todo lo contrario de un blanco afrutado, goloso, juvenil: en ellos veremos más bien un color dorado, oleremos un recuerdo de maderas viejas, sentiremos una llamada a la solemnidad, un respeto a la labor del tiempo, que destroza tantas cosas y sólo a algunas –los tondonias- las mejora. Pero el año es largo y acaba de empezar y Tondonia tendrá su glosa con amor y pormenor.

*Esta historia la cuenta Saint-Simon. Me refiero al duque versallesco y no al socialista utópico: es importante no confundirlos, como es importante, en terrenos más prácticos, no confundir un Latour con un Leroy. Saint-Simon, en efecto, cuenta la agonía del rey en una parte de sus voluminosas memorias, voluminosas por constar de cerca de cincuenta volúmenes, incluyendo uno o dos con los índices.

Las Memorias de Saint-Simon son libro de justo prestigio. Por decir algo, diré que, cuando yo era joven, en París, después de leer copiosos fragmentos que me recalentaron la cabeza por quince días y quince noches, forcé a un amigo mío a comprarse la edición completa de las Memorias, en el entendido de que él era hombre de cultura y de fortuna y que, con esa adquisición, estaba preparándose una vejez elegantísima, de erudito maniático y fantasioso, pues uno sospechaba que, durante la vejez, será mejor refugiarse en las precedencias de Versalles que en la aspereza del mundo para con los viejos.

Que yo sepa, las Memorias no se han editado más de dos o tres veces porque eso es una maratón de erudición y es muy fácil perder la cordura entre tanto noble, tanto vizconde y tanta dama: calcúlense diez por página en miles de páginas para confirmar que la literatura es alto chismorreo. La falta de un solo tomo descabala el conjunto y quita brillo a la adquisición, y con esto quiero decir que comprarse las Memorias completas no es de las compras más baratas que uno puede hacer, y quizá tampoco de las más útiles si, como es habitual, uno no basa su vida en absolutos de sublimidad.

Allá fuimos, en fin, al buquinista medio negro o medio moro, pero en todo caso hombre mesurado y culto, que habrá muerto ya porque estaba enfermo y se abrigaba con demasiado celo incluso en la parte más tibia de la primavera, cuando el verde de los castaños de París es aún un verde nuevo. En fin, uno era un perfeccionista en cabeza ajena y hoy, las Memorias de Saint-Simon ocupan todo un anaquel en casa de mi amigo, esperando la mano de nieve que las revenda si es que por entonces queda en España alguien con interés por esas otras antigüedades europeas. ¡Viejo cascarrabias Saint-Simon, reaccionario en el absolutismo, primer amante público del jamón ibérico!

jueves, 17 de enero de 2008

Blanc de blancs (i)

(Artículo publicado en El Confidencial Digital.)

Donde se quería hablar de todos los blancos españoles y extranjeros y al final se habla de los blancos gallegos y vascos, por merecer el tema detenimiento y sutileza.

El sol que trae a los turistas aleja de la península la superioridad en vinos blancos. Esos son placeres del frío. Uno cree que el Señor terminó el mundo por la parte de la Borgoña, y que es allí donde decidió sobrepasarse. En realidad, si cruzamos la agricultura con la magia y hacemos viticultura oculta, nos daremos cuenta de que los mejores blancos están en el ‘non plus ultra’ de la vid: la chardonnay del champaña por el Norte y los generosos andaluces por el sur. Como se sabe, el champaña sólo será exclusivo de uva chardonnay si es ‘blanc de blancs’: de todos modos, el genitivo de ‘blanc de blancs’ no implica un carácter absoluto, como en ‘cantar de los cantares’ o ‘lo peor de lo peor’, y uno, que es ‘kruguista’ como por ejemplo Julien Green*, siempre puede decir que un Krug es ‘blanc de noirs’.

En el extremo sur, allá donde las jacas psicopompas son fecundadas por el viento, están los finos de Jerez y las manzanillas de Sanlúcar. A mí, la acuosidad del fino siempre me ha parecido de una intensidad sápido-poética inigualable, y beberse una copa en invierno, frente a una ventana, pertenece a la galería de los bellos gestos, como lanzarle las llaves del coche al aparcacoches del hotel Intercontinental. Al mediodía, contemplando los esqueletos de los olmos de algún jardín histórico, sintiendo la percusión de la lluvia en el alma y en la calle, es un buen momento para llevarse a los labios una copa de fino y suspirar como si el mundo se acabara entre esplendores. Salvo que uno tenga inmunidad al ridículo, del fino es mejor no abusar porque nos pone ñoños, tontos y sentimentales, lejos del dominio de uno mismo que es atribución del caballero cristiano.

Allá en el norte de España tenemos, con razón, los mejores blancos. A vista de Airbus, el panorama de viñas junto al mar (vinyes verdes bora el mar!) en el Rosal y el Salnés, nos lleva a pensar en la nueva letra turística del himno (valles verdes, mar inmenso, cielo azul) o en una página privilegiada de Risco o de Cunqueiro. En las rías bajas, crece la uva albariño, pocas veces para bien y casi siempre para mal. Rechacemos los albariños con olor a plátano y a lichi y a golosina tropical, indicios de uso de levaduras no santas: contra el mito, lo cierto es que los mejores albariños están en su momento más allá de un año después de la vendimia. El Do Ferreiro Cepas Vellas está entre los más seguros, si bien se comenta que las cepas viejas son dos o tres parras que tienen junto a la casa. Otras casas fiables son Señoráns en sus versiones superiores, y el Lusco normal y el Pazo Piñeiro, cuyo 2005 probé hace poco y que hasta entonces estaba muy fallón. La bodega familiar Zárate ha sacado un albariño honesto, Tras la Viña, y tiene su cuvée El Palomar, no sé si criada en un gran ‘botto’ de castaño, en todo caso excelente. Todos estos son vinos que no han de tomarse muy pronto porque en ese caso sólo nos dejan acidez sin matices y, por tanto, contrariedad y decepción. A mayor acidez, mayor guarda.

Salvo que hablemos de los chacolís vascos, que generalmente sirven muy bien para cocinar un pollo o tener nostalgias si uno es guipuzcoano. En el mejor de los casos, el chacolí es como el agua: inodoro, incoloro, insípido. En el peor de los casos, destroza el esmalte dental y el dibujo de la vajilla. Por supuesto, también hay buenos chacolís: el Itsasmendi y el de Chomin Echaniz (pongan ustedes las falsas ‘tx’). El 2006 de Echaniz, probado con expectativas hace poco, me hizo sospechar por venir la botella visiblemente llena de carbónico –de burbujitas-. Es casi seguro que lo tomé justo después del embotellado, que para un vino es traumático como una circuncisión tardía, por poner el primer ejemplo que se me viene a la cabeza. Estaba impotable y lo arrojé sobre un macizo de azaleas sintéticas. En conclusión, el chacolí seguramente esté bueno en primavera. Al margen de esto, y con perdón a los fundamentalistas del asunto, el vaso de chiquito es seguramente el peor vaso que existe para tomar vino salvo, se me ocurre, el vaso de los tuberculosos. Puajh.

También en Galicia se están haciendo magníficos ribeiros. De adolescente, descubrí el ribeiro maridado con pipas de girasol en esos cuencos blancos porcelánicos. Era en una tasca llamada ‘O nabo de Lugo’, en la calle más pequeña del barrio de Salamanca, esa que le dejaron de propina al General Mola. Un amigo era muy afecto al sitio ese pero me vacuné de Ribeiro por diez años. Sin salir del mismo barrio, este año, el muy abusivo sumiller del Goizeko Wellington aprovechó mi indefensión –no podía discutirle nada- para venderme un Emilio Rojo: una maravilla a precio de maravilla. Cuentan que Emilio Rojo es una especie de profeta barbudo y medio loco, que pasea entre las viñas con un tam-tam, llamando un día al sol, otro a la lluvia. Pese a esto, su vino recupera variedades hasta ahora ancilares como la treixadura o la loureiro, para hacer un vino que es una sorpresa del género no desagradable. Viña Meín, fiable siempre, es una versión más asequible.

Tierra adentro de la Galicia mágica y carnavalesca, llegamos a las laderas del Godello: la Ribeira Sacra y Valdeorras, entre recónditas ermitas y ruidosas factorías de pizarra regidas por narcotraficantes. La godello es una variedad difícil, misteriosa, elegante y compleja, con esa última cortesía de no ser efectista. No esperemos aquí un goloseo fácil sino sobriedad mineral en la expresión y un rastro sutil de manzanos en la niebla. Esto no es un gewurztraminer de Viñas del Vero, no es el blanco ideal para engatusar a alguien en una cena. El godello es siempre contenido y profundo. Guillermo Prada, que no es un profeta sino un joven dinámico, va y viene de las cepas con su Audi TT y sus tijeras de podar. Tiene las más viejas que se conservan de godello y de ahí surge el muy impar Pezas da Portela, sólo superado por la concentración sinfónica –la verdad es sinfónica- del Pedrouzos, elegantemente embotellado en mágnum y seguramente el mejor vino blanco español elaborado desde que los greñudos celtas acamparan por aquí. Más baratos y famosos son Valdesil y Montenovo. Todo esto quiere decir que incluso en este cuero puesto al sol que es España hay lugar para blancos con personalidad y prestancia. Para otro día queda hablar de los blancos catalanes y de los castellanos: esos Ruedas tan caballerosos que son ‘la gala de Medina, la flor de Olmedo’, como escribió Lope y cantó Bola de Nieve. Más allá, el amplio mundo nos espera: del Danubio al Rin y al Tajo aurífero que se suaviza en Tejo al entrar en Portugal.

*Julien Green es un interesante escritor norteamericano en francés. Historia familiar compleja. Fue converso al catolicismo y homosexual no practicante, en todo caso menos rijoso y menos mentiroso y menos exhibicionista que Gide. Siempre le quedó un rasgo puritano, lo cual contribuyó a hacer de él un hombre elegante, fino y tímido. Es uno de los grandes diaristas del siglo XX aunque estos diarios todavía buscan un editor o antólogo en español. Por lo demás, es conocido por sus novelas de densísima paginación –a veces- y psicología –siempre-: Leviatán, Si j’étais vous, Varuna, etc. También son de reseñar su óptimo Panfleto contra los católicos de Francia y su Partir avant le jour, autobiográfico. Murió casi centenario y siempre cordial y misterioso. Me sorprendió mucho que bebiera champán Krug, que entonces y ahora es un champán de mucho precio y que requiere bastante frecuentación hasta que uno se convierte en un adepto: tengo la vaga noción de que Green era rico de casa y por eso pudo dedicarse a la literatura de la angustia y a la ingesta de champán. Paul Morand y Bernard Pivot también fueron notables kruguistas aunque Morand sea el escritor que resume lo mejor del siglo XX y Pivot un simpático francés con lo que se suele llamar inquietudes culturales.